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La relación entre la cinefilia del país y el Festival de Cine de Cartagena siempre ha sido contradictoria, pues de un lado, los amantes y comprometidos con el cine procuran nunca faltar a la cita anual, pero por otro, mantienen un malestar por los vicios e irregularidades de la organización. De ahí que, por lo general, ha primado el escepticismo para referirse a este evento, aun sin llegar nunca a negar su importancia, tanto por su gran tradición como por el hecho de ser la fiesta del cine nacional más concurrida y rica en actividades y personajes.
Desde hace algunos años se han visto paulatinos cambios, como el aumento de muestras paralelas, el robustecimiento de las actividades académicas y la creación de espacios para el encuentro y desarrollo de distintos sectores del audiovisual. Durante esta nueva versión tales cambios están más consolidados y la “utilidad” del festival ya no sólo se limita a su habitual función de vitrina del cine iberoamericano y de gran salón social frecuentado por el gremio y la farándula.
Aunque en este sentido, una de las cosas más lamentables de todo el festival, es la gran diferencia que hay entre la motivada multitud de las fiestas en las noches y el lánguido público de las ruedas de prensa en las mañanas. De acuerdo con las cifras del festival, asistieron trescientos periodistas nacionales y cuarenta extranjeros, pero a estos encuentros matutinos con los actores y realizadores de las películas, no asiste ni una docena de ellos. Y estos importantes invitados sólo tienen como interlocutores, en su mayoría, a estudiantes de colegio y hasta niños de primaria.
Las películas
El cambio más sustancial de este año estuvo en la programación cinematográfica, lo cual en buena medida se debe al nuevo jefe de esta instancia, el crítico de cine Orlando Mora. Hasta el año anterior no parecía que hubiera curaduría alguna para el listado de títulos de las distintas muestras. La excepción siempre eran las buenas películas, o al menos la aceptables. Pero el nivel de esta nueva versión realmente hace sentir al espectador que está en un festival de cine y no, como antes, en un evento donde se recibieron las sobras que no pudieron estar en otros festivales.
Como es natural, un curador impone su estilo, y las preferencias de Mora parecen estar alineadas con esa tendencia puesta en boga por el Nuevo Cine Argentino, la cual privilegia el realismo cotidiano, tanto en sus planteamientos estéticos como narrativos y argumentales. Se pudieron ver excelentes películas de esta línea, empezando por la ganadora del festival, la mexicana Lake Tahoe de Fernando Eimbcke. Y si bien resulta un cine importante y lleno de virtudes, más de la mitad de los títulos de la competencia oficial tenía tales características, lo cual también tiene sus bemoles.
Pero lo importante es haberle tomado el puso al cine latinoamericano con este puñado de películas, un pulso que tal vez en pasadas ediciones no decía mucho o estaba alterado por el irregular nivel de las producciones. Con este cine, al que he llamado aquí realista cotidiano, verdaderamente se han revelado autores y obras que hablan de la Latinoamérica contemporánea, citadina principalmente. No está representado en esta muestra el realismo que ha abordado las problemáticas sociales y económicas de la región, ese que ha sido conocido y protagonista desde la época del Nuevo Cine Latinoamericano de los años sesenta. ¿Se estará haciendo menos este tipo de realismo o la nueva tendencia es sólo de esta curaduría?
El caso es que con este “nuevo” realismo se está viendo otra América Latina que también es importante y hacía falta conocer. Por ejemplo, hubo dos películas muy parecidas en su temática y protagonistas, la argentina Una semana solos de Celina Murga y la uruguaya Acné deFederico Veiroj. Ambas cuentan historias de preadolescentes. Aunque decir que “cuentan” una historia es exagerar, porque en realidad son argumentos tan laxos y desprovistos de giros como lo puede ser la vida cotidiana de estos jóvenes encerrados en sus autocomplacientes burbujas sociales, donde los invisibles padres sólo son proveedores y ellos viven como a la deriva, dando tumbos entre sus comodidades.
Los personajes de la película ganadora también son jóvenes, esta vez adolescentes. La diferencia es que al protagonista se le ha muerto el padre y la cinta es una paciente mirada a su primer día de duelo, en el que el muchacho va y viene por las calles de su pequeña ciudad con su lánguida tristeza a cuestas. No pasa nada, pero se puede entender todo: el dolor, la angustia por su madre y su pequeño hermano, la rabia e impotencia y la desorientación.
Y es que muchas veces con estas películas ocurre aquella paradoja en la que es posible decir: ¡Qué película tan tediosa, pero qué gran película! Porque es un cine que le exige al espectador una disposición para con las narrativas no convencionales, para las historias sin argumentos. Películas que desatienden los esquemas que proponen los manuales de guión y que plantean una dinámica distinta de la puesta en escena y la construcción de personajes. Es un cine en el que el espectador se hace mucho más voyerista de lo que ya es por definición, porque ver este tipo de películas es como estar fisgoneando en la vida cotidiana de gente ordinaria, conociendo sus más triviales intimidades.
Otras cintas como las argentinas Amorosa soledad, de Martín Carranza y Victoria Galardi, y La mujer sin cabeza de Lucrecia Martel; las chilenas La Buena vida, de Andrés Wood, y La nana, de Sebastián Silva; y las películas de Lisandro Alonso (quien estuvo como invitado especial llevado por esta revista), todas son obras que, en mayor o menor medida, se ajustan a esta tendencia. Unas con gran fortuna, como La nana; otras llevando esa cotidianidad al límite de lo absurdo, como en la película de la Martel (sus defensores afirman que en ese absurdo radica su virtud); y en el caso de Alonso, ese cine es tenido por muchos como el culmen de la sensibilidad para plasmar la realidad.
Por otro lado, el único fallo visible y casi imperdonable tuvo que ver también con la programación cinematográfica, pues al parecer por cuestiones de logística y organización general, sólo se podían ver tres películas por día, es decir, la mitad de lo habitual, lo cual es un desperdicio para un evento y un público que están enteramente en función del cine, aunque los esfuerzos de los organizadores pudieron verse en otros aspectos, como la edición de la publicación diaria de un tabloide que daba una completa información sobre todas las actividades desarrolladas por el festival, o en los eventos teóricos, las variadas muestras paralelas y la proyección a la comunidad que llevó cine a las plazas y a los barrios.
Las actividades y los invitados
Por lo demás, el Festival Internacional de Cine de Cartagena es un evento realmente estimulante y rico en posibilidades, como ver ese cine absurdamente vedado para nuestra cartelera; poder conversar con verdaderas personalidades del cine, como los directores José Luis Cuerda, Juan Carlos Tabío o Lisandro Alonso; atisbar el futuro del audiovisual nacional con el trabajo de los nuevos realizadores (aunque las muestras alternas siguen necesitando mejor curaduría); y en general, establecer esa necesaria comunicación con la comunidad cinematográfica, lo cual siempre trae consigo la oportunidad de nuevos proyectos, mayor divulgación y dinamismo para el que debe ser el fin último de todo esto: el cine colombiano.
Por todo esto, el festival que, por abolengo, debería ser el más importante de América Latina, empieza a dar muestras de una organización y vitalidad que se echaban de menos desde hace décadas. El trabajo que tiene en adelante su equipo es volver a ponerlo en el mapa de los eventos importantes de la región. Y este es el mejor momento para hacerlo, puesto que es el primer año sin su fundador, Víctor Nieto, y está a punto de cumplir el medio siglo de existencia. En honor de estas dos razones, tomar consciencia de la necesidad de una nueva y mejor etapa es un imperativo. Tanto sus fieles como sus detractores así lo esperamos, más ahora que hacer festivales de cine se ha convertido en el nuevo deporte nacional.
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