La playa D.C., de Juan Andrés Arango

La marginalidad del desterrado
Por Oswaldo Osorio
El destierro es una palabra con distintos significados. Es verse obligado a salir del lugar de origen, o lo que en colombiano llaman desplazamiento forzoso, y también es ese lugar ajeno, generalmente hostil con el advenedizo, donde recala el desterrado. Esta película da cuenta de esos dos significados, de forma sutil y sugerida en el primer caso, y con mayor fuerza visual y dramática en el segundo.
Es por eso que, más que una película sobre el desplazamiento, es sobre las consecuencias de este. El joven Tomás y su familia pasaron de su tranquila vida en la cálida Buenaventura a un estado de zozobra, incertidumbre y marginalidad en el frío de Bogotá. Esta ciudad los acoge de mala gana, los proscribe a vivir en sus cerros y a recoger las migajas que puedan para ganarse la vida. Están en esa ciudad pero en realidad no es suya, así que tienen que construirse la propia.
La Bogotá que construyen es una ciudad inédita en el cine colombiano. No es la de las grandes avenidas, la ciudad pudiente –y excluyente– del norte o la de Monserrate en el fondo. Es una Bogotá poblada por gente que no es de Bogotá, gente de piel oscura y que ha colonizado unos sectores donde más o menos se sienten cómodos entre sí. Al principio, incluso, si el espectador está desprevenido, no sabe con certeza de qué ciudad se trata, porque se encuentra con la contradicción de ver a personajes al parecer de clima cálido (no solo por el color de su piel, sino también por su acento) en medio de una ciudad de clima frío. Y es esta contradicción desde esos elementos –que se evidencian inmediatamente en las imágenes– la que prefigura el conflicto general que va cruzar toda la historia.
Pero también en el aspecto visual es una Bogotá más fría que de costumbre, esto gracias a una decisión desde la fotografía que enfatiza la adversidad de esta atmósfera para aquella comunidad acostumbrada al golpe del sol y al olor a mar. Es una ciudad de calles grises o de oscuras grutas para el vicio. Solo el centro comercial donde se encuentra la barbería tiene esa calidez y efervescencia que son más cercanas a la comunidad afrocolombiana, y es que este es uno de los pocos lugares que han colonizado. Y que no se les ocurra traspasar sus límites e irrumpir en la ciudad “blanca”, porque serán expulsados, incluso por otros afrocolombianos contratados para tal menester.
Por otra parte, el relato se centra en Tomás y sus dos hermanos, el menor metido en las drogas y el mayor siempre queriéndose ir de allí para el norte, de polizón. Los tres viven la marginalidad a su manera, pero los hermanos de Tomás ya están perdidos para esta tierra, mientras que él aún tiene esperanza, aún cree que puede hacer de esas grises y frías calles su hogar. Por eso, en esencia, termina siendo una historia sobre los que se quedan y quieren construir un futuro, sin sucumbir a las acechanzas de ese ambiente hostil: la droga, la delincuencia, la muerte o un nuevo destierro.
No es gratuito que el relato le apueste a Tomás: con él empieza, a él es a quien sigue toda la historia con una cámara siempre celosa de para dónde va, quién lo mira o qué es lo que él observa, y con él termina, y lo hace con una imagen al mismo tiempo conmovedora y esperanzadora, una buena imagen final, porque se queda en la mente del espectador que juega con la idea de continuar la trama de la película augurándole un mejor futuro, no solo a Tomás, sino también a su hermano.
La gran virtud de esta película es que habla de dos de los grandes temas del país, la marginalidad como consecuencia del desplazamiento y la violencia que lo ocasionó, pero hace la diferencia por la manera como los aborda. La violencia es solo sugerida, aunque su recuerdo y secuelas son omnipresentes, no solo por esos flashbacks que aparecen más como malos sueños que como recuerdos, sino también porque en las conversaciones entre los hermanos nunca falta una alusión a su tierra perdida o al asesinato de su padre. Esa violencia siempre está fuera de campo, tanto la que los desplazó como la que seguramente viven en Bogotá, pero no por eso es negada por la película, solo que el énfasis no está puesto en ella.
En cambio con la marginalidad sí hay ese énfasis, ese interés en explorarla y reflexionar sobre sus implicaciones, y para eso la película logra una cercanía y espontaneidad que se revela como una mirada honesta y sensible, cualidades claves para no caer en la pornomiseria o la conmiseración. El principal recurso para conseguir esto es el buen manejo que hace de los actores naturales. La parquedad y expectación de Tomás, junto al pragmatismo de su hermano mayor y el desperdiciado carisma de su hermano menor, son características definidas con veracidad y precisión por estos tres jóvenes actores, quienes han padecido la violencia y el desplazamiento, pertenecen a ese universo y por eso sabían exactamente lo que estaban haciendo. Y claro, lo consiguen gracias a un buen direccionamiento, porque desde Víctor Gaviria sabemos que los actores naturales también se moldean y se pulen, en eso radica su fuerza inimitable, en que son producto de una naturaleza que llevan dentro, pero complementada por la guía de un director que sabe lo que quiere.
Además, este filme le apuesta a un relato naturalista y sencillo, que sigue de cerca la cotidianidad de este joven que enfrenta la marginalidad del desterrado, pero con un tratamiento visual estilizado. Es también una película que habla de los grandes temas del país y del cine colombiano, pero lo hace de forma sutil y sugerente, por lo que esos personajes y su realidad se nos presentan de una manera más cercana y elocuente.