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Cortos colombianos en el Festival de Cine de Toronto 2018

El laberinto, de Laura Huertas Millán


Paisaje, etnografía y feminismo

 

Por Pedro Adrián Zuluaga
Bogotá, Colombia

Además de Pájaros de verano, la cuarta película de Ciro Guerra esta vez codirigida con Cristina Gallego, tres cortometrajes colombianos se exhibieron en dos secciones del último Festival de Cine de Toronto: Dulce, de Guillo Isa y Angello Facini, en el programa Short Cuts; y ante mis ojos, de Lina Rodríguez y El laberinto, de Laura Huertas Millán en Wavelenghts. Estos tres trabajos se intersectan al menos en dos puntos: un esquema de producción transnacional que desborda las fronteras que impone lo “cultural y legalmente colombiano”, y la atención a la naturaleza y el paisaje, empujados a su destrucción o cambio radical por las dinámicas depredadoras del progreso y el capitalismo. El siguiente texto se ocupa de los dos últimos títulos, a partir de conversaciones con las propias realizadoras, a quienes busqué para pensar junto con ellas el punto en el que se encuentran sus exploraciones fílmicas, que consideró periféricas a pesar de que se estén dando desde centros económicos y culturales como Canadá y Francia, lugares en los que viven y trabajan, respectivamente, Lina Rodríguez y Laura Huertas Millán.

Lo periférico en estas obras es precisamente una narrativa que se resiste a colmar de sentido lo que muestra o aborda, dejando intersticios y opacidades. Lo periférico es también una forma de producción ajena a la ansiedad por la gran película que acosa al cine reciente que se hace en Colombia y que pasa por rígidos esquemas y jerarquías. Y lo último, pero no lo menor, es que ambas sean mujeres dentro de una industria, la colombiana y la mundial,  que se regula por un orden patriarcal atravesado, como suele estarlo, por prácticas clasistas y racializadas

La inclusión de los dos últimos títulos, ante mis ojos y El laberinto, en la sección más comprometida con narrativas experimentales del Festival de Toronto, es una suerte de advertencia para el cine colombiano –o para su institucionalidad– que no termina por saber integrar bien este tipo de propuestas fílmicas ni en su relato histórico ni en su maquinaria institucional (aunque quizá esa condición excéntrica es necesaria a las mismas obras). Es una amonestación en el sentido de que tal vez la contra-historia de nuestro cine se está escribiendo en otros lugares (en un sentido amplio, y no solo en otros países), sin que parezcamos del todo dispuestos a darnos por enterados.

Los últimos trabajos de Lina Rodríguez y Laura Huertas Millán continúan una línea de exploración del paisaje que ya estaba presente en la obra previa de las dos autoras. Este talante de sus películas se funda  también en el hecho de que son realizadoras que trabajan en un in between, entre Colombia y sus lugares de residencia, y que en ese estar aquí y allá deben negociar identidades, lenguas, miradas. Rodríguez y Huertas Millán son viajeras e inmigrantes. Esa condición ambivalente de pertenencia /no pertenencia les ha permitido, quizá, tener otra posición frente al paisaje que observan, tanto el paisaje del lugar al que llegan como extranjeras, como el propio al que retornan. Para esa ambivalencia no es un dato menor el que sean mujeres, pues la posibilidad del viaje y los actos de enunciación que este produce, estuvieron reservados o se concentraron, históricamente, en sujetos masculinos. Por el contrario, aquí estamos ante dos cineastas viajeras que toman el control de instrumentos, tecnologías y saberes dominados por los hombres. Una de esas tecnologías es, precisamente, la tradición del paisajismo.

Sobre la pulsión de filmar lugares y construir paisajes Lina Rodríguez afirma: “Todos mis cortometrajes experimentales hasta el momento examinan lugares turísticos que están cargados de historia, indagando a la vez sobre qué se puede revelar respecto a sus respectivas historias a través de la textura, la luz, el movimiento y el contraste de las imágenes que registro. En Eisnchnitte me concentré en una serie de estatuas famosas en Viena, en Protocol el enfoque está en el Castillo de San Felipe en Cartagena, y en Convergences et rencontres y Pont du Carrousel (ambas filmadas en París) mi interés se centra en el cementerio de Montparnasse y el puente de Carrousel respectivamente.”

Laura Huertas Millán, por su parte, interrogada por la noción de espacio en su cine dice: “Me han interesado esos espacios que Foucault llamaba heterotopías, que son espacios que representan otros espacios. No ha sido un proceso muy consciente; mostrando mis trabajos, como Viaje en tierra otrora contada, esa noción ha sido enunciada por espectadores de la película. En mi obra hay algo recurrente con espacios que no son lo que son, que construyen una quimera de algo que está en otra parte, que hablan de otra función de la arquitectura. En Aequador muchas de las ruinas que aparecen simbolizan también como naves espaciales, representan algo más que un edificio público,  son una quimera del viaje, de estar en otra parte, tienen una carga alegórica fuerte. Y en Viaje en tierra contada está el vivero tropical que es una falsa selva (filmada en Francia durante un invierno). Me interesa cómo los espacios crean ficciones y que dicen esas ficciones de la historia, no solo de la historia de la arquitectura sino de la historia colectiva.”

La tradición del paisaje está inscrita, en el caso de Lina Rodríguez, desde el propio título de su corto, ante mis ojos, que fue rodado, en super 8mm, en la laguna de Guatavita. Allí encontramos una naturaleza que se dispone y se entrega a la mirada del observador y que de esta manera se vuelve paisaje, es decir, un hecho cultural: “Siento que cuando miramos a la naturaleza, no solo nos enfrentamos a nuestra propia mirada y presencia en ese momento y lugar, sino que al mismo tiempo estamos tratando de encontrar la manera de absorber las capas de historia que se han acumulado allí, las cuales a veces son visibles y otras tantas invisibles a la vista. Ahora, por supuesto que la historia depende de quién la cuenta y cómo se cuenta… de cierta manera, ante mis ojos es una impresión de la laguna de Guatavita, es un documento de un tiempo y un lugar desde mi perspectiva. Es una invitación a la audiencia para que observe atentamente la superficie de estas imágenes y reflexione sobre qué revelan acerca de la historia de este lugar”, dice Lina, quien en este punto coincidiría con Laura en la idea del interés por la historia de los lugares y lo que esta historia puede revelar. “El título en sí –dice Rodríguez– es también un reconocimiento de mi presencia como realizadora/turista, es una forma de recordar que tengo un par de ojos, y que estoy tratando de ver con ellos (así ver no sea tan fácil como parece).”

El laberinto nos conduce por otro paisaje, el de la selva amazónica, en la que el narcotraficante colombiano Evaristo Porras decidió construir una mansión que imitaba las de los ricos petroleros que protagonizaron series televisivas como Dallas y Dinastía. Esta particular y alucinante arquitectura le sirve a Huertas Millán para proseguir sus indagaciones sobre la ruina como una reflexión central de su trabajo: “Desde 2012 yo he estado haciendo una serie alrededor de la etnografía, y en esta serie la arquitectura ha estado muy presente. En estos trabajos, que yo llamo ficciones etnográficas, la arquitectura vuelve siempre y vuelve mucho la ruina. De nuevo, no fue un proceso consciente, me fui encontrando con archivos y documentos de diferentes épocas sobre el nacimiento de esa ficción que es América; y ahí apareció la noción de ruina, que es como un emblema de la observación del tiempo que pasa y cómo el tiempo va dejando huellas. También es una manera de evocar la noción de entropía, de cómo las cosas están abocadas al deterioro. La ruina ocupa un lugar privilegiado en la cultura occidental, el romanticismo europeo, por ejemplo, está muy basado en la contemplación de la ruina. Es un emblema muy pesado. Creo que la relación que yo he tenido con la ruina es un relación dialéctica con una historia que se ha escrito desde un punto de vista patriarcal, cargado con cuestiones de género y de política. Algo que me ha interesado de la ruina es no considerarla como el fragmento de un mundo pasado que se mira con melancolía sino más bien como un momento en el presente que abre posibilidades para otro tipo de narrativas. La ruina no es solo la idea de decadencia, es la posibilidad de un futuro que se construye sobre un mundo que está desapareciendo.”

El laberinto examina las ruinas producidas por esa especie de “civilización” que fue el narcotráfico y constata la fugacidad de ese imperio. Este trabajo de Huertas Millán se inserta de algún modo en la tradición de las vanitas, esa modalidad dentro del género de los bodegones y las naturalezas muertas (que también son paisajes), y que se usó, en la pintura, como medio para propiciar una meditación sobre la fugacidad de la vida y los placeres mundanos. La muerte era representada alegóricamente en una calavera,  símbolo de lo efímero de la vida. En una conversación con Huertas Millán durante el Festival, ella señaló que la mansión de Evaristo Porras fue también como su mausoleo, resaltando la cultura de muerte en la que se fundan las pretensiones monumentales y las ambiciones modernistas y desarrollistas como las que se ven en su film Aequador, que empieza invocando el sueño de José Fernández, protagonistas de De sobremesa de José Asunción Silva: sueño de una república de hombres fuertes capaces de arrasar con lo viejo y construir el mundo nuevo, utopía devenida pesadilla, distopía y ruina.

En sus trabajos, la cineasta y artista plástica comenta con ironía crítica esa obsesión masculina por marcar y dejar huellas, revelando su carácter vanidoso y efímero. En la voluntad de imaginar otros tiempos y narrativas, la obra de Huertas Millán se complejiza con trabajos como el corto La libertad, donde se construye la idea del tejido y del tiempo denso de los afectos, mediante el acercamiento a una familia de artesanos mexicanos y sus prácticas económicas, que les permiten tener autonomía, sostenibilidad y durabilidad. Una utopía políticamente probable que es como una respuesta a las utopías, ya obsoletas, que nos fundaron.

En la obra de Lina Rodríguez también hay una no violencia de la mirada. Sobre ante mis ojos, y sus otros cortos sobre lugares, afirma: “siempre estuve más interesada en estar presente, reaccionar al momento y documentar ese tiempo y espacio. Las películas tomaron forma después, una vez ya estaba de regreso en Toronto y empecé a ver el material y buscar posibilidades de moldearlo.” Quizá esta paciencia, este dejar que el material mismo hable y revele sus correspondencias con la historia sea otra manera de estar y viajar, y de hacer etnografía y cine, un cruce de prácticas que se da de manera intensiva también en los trabajos de Huertas Millán.

Empecé este breve artículo hablando de Pájaros de verano, una película etnográfica pero que se diferencia de los dos cortometrajes aquí mencionados en el gesto de llegar a un lugar, en este caso La Guajira, con un técnico y artístico mayúsculo y con la idea de una gran obra, basada en preconcepciones sobre la cultura wayuu. Estamos ante dos modos de hacer cine con propósitos y resultados muy distintos. Señalo esa diferencia con la esperanza de que ambas maneras convivan y de que estas formas periféricas encuentren un lugar en el relato de un cine como el colombiano, que en su discurso oficial tiende a lo grandilocuente. Con la advertencia de lo efímero de esta vanidad.