I, Daniel Blake (2016), de Ken Loach

Revista Kinetoscopio / Edición 115

Loach y su receta inalterable

 

Por Juan Carlos Lemus
Colombo, Sri Lanka

 

En su más reciente filme, I, Daniel Blake, Ken Loach sigue, en su militancia, instrumentalizando el cine. Un cine como crónica social. Del mal llamado necesario. En el tándem habitual con Paul Laverty, Loach denuncia las penurias de una clase media hoy en proceso de pauperización en Europa. El realizador británico la estrenó en mayo de 2016 en Cannes donde hoy el gobierno socialista de Hollande tiene líos por su ley de flexibilización laboral; en tanto al otro lado del Canal de la Mancha, su natal U.K. votó por retirarse de la Unión.

Daniel Blake (Dave Johns) es un sexagenario carpintero incapacitado por problemas cardiacos. Sin embargo, otra sección del Estado le exige seguir trabajando si quiere su pensión. El proceso de Kafka revisionado, donde la burocracia se amancebó con las TIC: las líneas de atención al cliente e Internet juegan contra Blake. Sus habilidades manuales no pasan por el mouse del computador. Kattie (Hayley Squires) es madre de dos hijos y está en la frontera del marginamiento. Fue arrastrada allí por este sistema económico donde, a lomos de la sicología positiva, la culpa es del que no puede. El autor se apoya en una bien montada puesta en escena, con actores naturales incluidos, para seguir pasando de lado por la época donde el Estado de bienestar europeo permitía a la cinematografía de ese continente dejar a la periferia los asuntos que pasaban por la supervivencia.

Así fue que debido a –o a pesar de– cierta militancia, el cine del viejo continente fue un referente de futuro plausible en medio de nuestra precariedad tropical. Se entendía a Europa como un espacio menos cerrado a la revisión de cualquier argumento metafísico o mundano, a través de una discusión que se dilataba entre diferentes aristas que no incluían necesariamente la limitante monetaria. Filmes donde los protagonistas se cuestionaban más por las relaciones humanas, la comunicación, el ser, el sentido. Autores que se mostraban afanados más por la condición humana que la económica. Una chispa de lo anterior se logra ver aún dentro del filme cuando el realizador británico propone con gran verosimilitud a la empatía como lo último que se pierde en medio del gélido sistema. En un resquicio de este sus víctimas se apoyan, soportan y unen para consolarse. Poco más queda.

I, Daniel Blake es, pues, un largometraje bueno que trata del cada vez más de moda tema en Europa y se distancia de nudos narrativos filosóficos haciéndose existencial. Pero dicen que el infierno es ese lugar en donde todo se repite interminablemente. ¿Desde cuándo Loach viene haciendo la misma película? –hacer siempre lo mismo solo le sale bien a AC DC–. Lastimosamente y a pesar de sus aciertos, en este filme el director peca por exceso de claridad, yéndose a peor al hacerse obvio. Al trabajo de Loach le pasa como a los socialismos europeos, apenas incómodos ante la realidad sin saber leerla y mucho menos proponer soluciones. Y aunque al inglés no se le puede reclamar falta de compromiso y aguante político, si le cabe una exigencia en su quehacer.

Esa sensación rondó la premiación en Cannes. Porque el cine no está para dar respuestas a problemas sociales en tanto sí para ir adelante en el oficio sin permitir empantanarse dentro de la crudeza de la realidad como herramienta para conmover. El pacto tácito dice que si no se innova se debe entregar algo más allá de apenas bueno. Con este trabajo Ken Loach no honra el contrato y postra su afán por los asuntos europeos como quejido más de cóctel.


Juan Carlos Lemus P.
Afortunadas contingencias de la vida hicieron que este ingeniero electrónico opita con Máster en administración dejara su país para moverse por el mundo. Esa especial condición le dio el tiempo y la oportunidad de dedicarse a escribir desde hace algunos años sobre sus pasiones: el cine y la música. Hoy vive en Sri Lanka y con el ánimo de profesionalizar sus escritos está terminando un máster en Filosofía práctica.