Editorial Kinetoscopio 122

En el centenario de Ingmar Bergman

 

“Nuestro hijo nació el domingo 14 de julio por la mañana. Enseguida cayó con calentura y diarreas muy agudas. Parece un pequeño esqueleto con una nariz grande y roja. Se niega obstinadamente a abrir los ojos. A los pocos días se me cortó la leche a causa de la enfermedad. Entonces le hicimos un bautizo de urgencia aquí en el hospital. Se llama Ernst Ingmar”, escribe Karin Åkerblom para relatarnos los azarosos primeros días de su segundo hijo, nacido en Uppsala en 1918.

Por fortuna no murió siendo un neonato. Es más, vivió hasta los 89 años para convertirse en uno de los directores de cine fundamentales de este arte. Pocos autores han construido un corpus fílmico tan robusto como el de Ingmar Bergman, tan serio en sus intenciones y tan abrumador en sus resultados. El suyo no fue un cine de concesiones comerciales, fue un cine maduro, que tocaba temas que eran relevantes a él, en cuanto lo reflejaban como persona (lo autobiográfico es un motivo central en su obra), y relevantes a todos nosotros, en cuanto fueron espejo de nuestras angustias existenciales, incomunicación, búsquedas espirituales y afectivas. Bergman sondeó nuestra alma y extrajo de ahí los aspectos más dolorosos para con ellos construir unos dramas arrolladores, ejemplos de un cine nuevo que emprendía sin temor ese tipo de pesquisas. Cuando en 1963 Bergman estrena El silencio, Antonioni ya ha hecho El eclipse (1962) y Fellini presenta 8 ½. Un fantasma recorre el cine de Europa: era el espectro de un cine moderno que buscaba ser radiografía en movimiento de una incertidumbre vital colectiva.

Bergman fue el más agudo a la hora de diagnosticar y exhibir esa zozobra. Fue radical en sus propuestas narrativas, fue exigente en sus puestas en escena centradas en primeros planos, fue demoledor en su punitiva forma de mostrar nuestras flaquezas, falsas credulidades y débiles salvavidas. Bergman cuestionaba el sentido mismo de nuestro existir, la imposibilidad de la relación entre los seres, lo poco verosímil de creer en que había un Dios que nos escuchara, menos aun que nos cuidara. Fantasmas, sueños, pesadillas, viajes al pasado… todo le fue útil para sacudirnos, para conmovernos, para arrastrarnos. Lo mejor es que su cine se conserva vital, igual de devastador ahora que cuando se estrenó. Esa vigencia está directamente relacionada con la hondura con la que se acercó a nuestra condición humana.

Este número de Kinetoscopio celebra el centenario de Ingmar Bergman con una serie de ensayos que pretenden acercarse a su vida y obra –incluyendo teatro y literatura– desde diversos ángulos, buscando que el lector tenga la más plural de las visiones de un hombre cuyo legado artístico nos pertenece.

Bienvenidos, feliz lectura.

–El editor

 

Revista Kinetoscopio edición 122, Volumen 28