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Loving Vincent, de Dorota Kobiela y Hugh Welchman

Revista Kinetoscopio

Una obra de arte en movimiento

 

Por Adriana Zamudio
Medellín, Colombia

 

De Vincent van Gogh, su vida y muerte se tienen tantas versiones como amantes de su trayectoria existen. Loving Vincent (2017) es una de esas versiones.

La historia de este largometraje dirigido por Dorota Kobiela y Hugh Welchman se centra en el recorrido realizado por uno de los protagonistas de sus pinturas, Armand Roulin, quien luego de tener en sus manos la última carta escrita por Vincent a su hermano Theo intenta dilucidar con gran expectativa la verdadera causa de muerte del artista. Con esto, los directores buscaron darle un relato secuencial e intrigante a la exhibición de sus principales obras –Noche estrellada sobre el Ródano, Terraza del café de la Place du Forum, El dormitorio del artista en Arlés, Los girasoles, El doctor Paul Gachet, entre otras pinturas–; y de alguna manera lo lograron, pero al mismo tiempo dejaron de lado la catarsis que significó cada una de las obras en las diferentes etapas de la búsqueda del pintor.

La verdad es que poco se sabe a ciencia cierta de él y su vida personal, todo lo que conocemos son pinceladas de recuerdos y recortes extraídos de cartas y relatos; tenemos también más de ochocientas pinturas en las que, como él mismo decía, se muestra su corazón: “Quiero tocar a las personas con mi arte, quiero que digan: Él siente profundamente, él siente ternura”. Para retratarlo y hacer eco de este espíritu, se realizó un arduo trabajo durante casi cinco años en los que se reunió a más de cien artistas para dibujar, pintar y poner en movimiento cada una de las imágenes que se aprecian durante los noventa minutos del largometraje. Es una creación que además de hermosa resulta muy valiosa.

“Esta es la historia de un hombre con éxito. Una estrella finalmente buscando brillo. Un hombre que sentía todo, sentía demasiado. Lo hacía querer lo imposible”. Son las palabras narradas por dos de los personajes de la historia –Pére Tanguy y Joseph Roulin, respectivamente–, refiriéndose a Van Gogh. Y tal vez ese sea el precio de la genialidad: Tener el alma en profunda soledad, sentir que no se encaja en el mundo y que no se es más allá de lo que el arte mismo expresa, razón por la cual el artista se refugia en la intriga de un estilo propio con el cual comunica sus ideas y su sentir. Vincent encontró el suyo bajo el toque insuperable de la magia, y todo lo que tiene magia jamás se extingue. Logro hacer suyos los tiempos, la psiquis y la esencia de las personas, los lugares y la vida de cada una de sus inspiraciones; hizo del arte, más que un simple ejercicio estético, un todo humano. Transmitió con cada trazo del pincel la tenacidad, la locura y la originalidad que lo caracterizaban.

He ahí la razón de que su memoria permanezca a lo largo de la historia: No todos lo días el mundo ve nacer a un genio…