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Dunkerque, de Christopher Nolan

Revista Kinetoscopio / Edición 118

 

Una disculpa para recordar

 

Liliana Zapata B.
Medellín, Colombia

 

La irracionalidad de la guerra siempre será una buena materia prima para cualquier representación, entre ellas la cinematográfica, y en esta ocasión, fue Christopher Nolan quien se dejó seducir por el encantamiento que esta clase de material produce. La expectativa del filme no es en vano si nos referimos a un director de su trayectoria y versatilidad, al que además le han bastado diez largometrajes para dejar su huella más que impuesta. Es él el director de Dunkerque (Dunkirk, 2017), aquel que nos ha acostumbrado a una clase de cine que no por ser comercial es de baja calidad, lo que queda más que demostrado con la trilogía de Batman, El Origen (Inception, 2010) e Interestelar (Interstellar, 2014). Con este film vuelve a hacer gala de su capacidad de dirección de actores, de la puesta en escena, de la magia de recrear un panorama convincente para el espectador, de crear un suspenso y una atmósfera en la que la muerte acecha en todo momento como vigilante permanente, esperando el momento más oportuno de actuar. Nolan ha hecho de nuevo lo que mejor sabe hacer, llevar a cabo una película de gran presupuesto y de gran impacto en el público, que aunque probablemente no sea la obra por la que más lo recordaremos en la posteridad, -quizás por el distanciamiento emocional del relato-, no deja de ser una película dirigida por el gran Cristopher Nolan, lo cual en sí mismo genera una atracción hacia ella.

Aunque se cuenta con actores de la talla de Tom Hardy, Mark Rylance o Cillian Murphy, el interés del director no estaba centrado en que las actuaciones se destacaran, pues esta es una película en la que los personajes son incidentales, siendo solo la excusa para contar la historia, que es la que prima y es en ella en la que el director puso todo el énfasis. Los tres momentos por los que pasa la cinta -una hora de un soldado en el aire, un día de unas embarcaciones privadas camino a prestar su ayuda a un propósito superior, y una semana de infierno para miles de soldados varados en una playa francesa-, apelando a una capacidad artística sin límites, nos recuerdan el talento de uno de los directores más destacados de nuestra época y la fortuna de tenerlo aún entre nosotros.

Una sinopsis breve acerca de un hecho que debe haberse leído ya en múltiples ocasiones, si no previamente, sí de forma muy probable ahora con la disculpa del lanzamiento de este film, sería que en 1940, durante la Segunda Guerra Mundial, más de 300.000 soldados británicos, fueron emboscados por los nazis en Dunkerque, Francia, y Churchill en una operación que se conoció como Dinamo, se esforzó por rescatarlos de una forma sin antecedentes. Esta es la historia del film, y la que Nolan, de la mano del siempre brillante compositor alemán Hans Zimmer, se esmeró por representar en su más reciente largometraje.

Es tan absurda la guerra en sí misma y tan carente de sentido, que aún nuestros aliados en un primer momento, terminan siendo nuestros enemigos; y jóvenes, casi niños, terminan creyéndose responsables de una lucha que no propiciaron. Esto se hace más que evidente en el momento en el que uno de los soldados ingleses le pregunta a alguien: “Los hemos decepcionado, cierto?”. ¿Decepcionar?, cómo pueden decepcionar a nadie unas personas que apenas si han comenzado a vivir y que han dado la vida por una causa y por un odio que les fue heredado y que casi con certeza, ni comprenden.

Desde Rescatando al Soldado Ryan (Saving Private Ryan, 1998), una película bélica no daba tanto de que hablar, -entre otras razones por la admiración que genera quien la dirige-, y probablemente se seguirá debatiendo por largo tiempo cuál es la mejor entre ambas, sin embargo, lo más apreciable podría no ser eso, pues cada una tiene sobrados méritos para quedarse en el imaginario del público, y dependerá de cada quién decidir su preferencia. Lo importante es que estas películas sean una disculpa adecuada para que comprendamos que los conflictos donde la vida está en juego, sacan lo peor y lo mejor de cada quien, la solidaridad extrema hasta puntos inimaginables, los sacrificios por personas que aunque no se conocen entre sí, se sienten cercanas; pero lo más relevante, es que jamás olvidemos que habrá pocas cosas en la vida tan ilógicas y sin sentido como una guerra, en la que nos enfrentamos a nuestros iguales como enemigos. Sean Dunkerque y Christopher Nolan en esta ocasión, los que nos recuerden la barbaridad de nuestras actuaciones pasadas y podamos quizás redimirnos de la condena de repetir las historias que no conocemos.