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Manchester junto al mar, de Kenneth Lonergan

Especiales Oscars 2017: Manchester junto al mar, de Kenneth Lonergan

Una larga, larga, larga travesía familiar

 

Por Fernando Arenas V. 
Medellín, Colombia

En Manchester junto al mar (Manchester by the Sea, 2016), de Kenneth Lonergan, Lee (Casey Affleck) es un hombre cuyos conflictos yacen enterrados entre paredes de rutina y trabajo físico interminables. Su día se va en trabajos que comprenden de lo trivial a lo hercúleo, destapando  tuberías, cambiando instalaciones eléctricas o cargando muebles viejos al botadero más cercano. Una serie de clientes más o menos afables o molestos dotan de un ritmo predecible a su vida. Pero su existencia anónima en Boston se interrumpe abruptamente por la noticia de la muerte súbita de su hermano mayor, Joe, allá en su natal Manchester, Massachusetts, distante varias horas por carretera. Lee se ve obligado a dejar su trabajo temporalmente –eso cree—para encargarse de los arreglos funerarios y reconectar con su joven sobrino, el hijo de Joe, Patrick.

Esta historia de responsabilidad personal y lazos familiares es el tercer largometraje de su autor, un escritor, actor y director independiente norteamericano, después de dirigir los dramas You Can Count on Me (2000) y Margaret (2011), y de escribir guiones tan reconocidos como Pandillas de Nueva York (2002), de Martin Scorsese, y las comedias Analyze This (1999), de Harold Ramis, entre otros trabajos previos. Aquí, Lonergan nos muestra en detalle la relación entre Lee y los familiares que dejó atrás al mudarse a Boston y asumir su gris vida de factótum. La narración  procede a partir de flashbacks repetidos, que se intercalan con la acción en tiempo presente en la que Lee se encarga de los asuntos del difunto, quien le encomendó el cuidado de su hijo adolescente.  Ben O´Brien y Lucas Hedges interpretan respectivamente al niño y al adolescente Patrick, y en ambos casos resultan creíbles y conmovedores en su relación con su tío y con su padre.

Como lo indica el título, la locación de la historia es importante por la manera en la que la fotografía de Jody Lee Lipes construye un sentido del espacio. Las imágenes marinas, la presencia de la brisa y el agua junto a las montañas, las carreteras y la arquitectura en madera, dan una sensación muy clara del lugar donde crecieron los hermanos Chandler, a donde un renuente Lee tiende a regresar, quiéralo o no.

Lonergan construye una narración detallada en la que los pequeños momentos compartidos logran hacernos interesar por la dinámica familiar entre Lee, Patrick, su hermano, y la familia extendida, cuyos miembros aparecen momentáneamente. Michelle Williams es particularmente efectiva como Randi, la exesposa del protagonista,  alejada de él en circunstancias trágicas. Y Gretchen Moll, como Elise, la también separada exesposa de Joe, tiene una actuación por momentos intrigante como una alcohólica que intenta reconstruir la relación con su hijo, Patrick. El personaje de Joe es interpretado por el veterano Kyle Chandler, recordado por la serie de TV Friday Night Lights (2006-2011), y por sus actuaciones en Zero Dark Thirty (2012) y  El Lobo de Wall Street (2013), entre otros títulos. Su figura no está tan dibujada como las demás, pero alcanza a transmitir la cercanía entre los hermanos y el peso de tener que cargar con una impredecible enfermedad terminal de lento desarrollo.

Hablando de lento desarrollo, las actuaciones, la cinematografía y el montaje, con sus saltos temporales, son probablemente las mayores fortalezas de la película. Y resulta comprensible y justa la nominación de Casey Affleck al premio de la Academia como mejor actor. Sin embargo, todos estos logros se empañan ante la tendencia de Lonergan a multiplicar los incidentes, las subtramas, y su resistencia a cerrar la historia, de modo que esta se alarga interminablemente.

Pese a crear un interés genuino por el drama de Lee y por su conexión con su familia, nuestra paciencia se va desgastando a medida que los minutos del filme se acumulan y nuestras predicciones sobre el clímax y resolución de la misma se van revelando como vanas esperanzas. Manchester junto al mar, hay que decirlo, es un filme con una promesa valiosa, con un potencial importante en el terreno del drama psicológico y familiar, que se difumina y confunde por falta de un buen montajista, que hiciera caer al piso (o borrar del disco duro) páginas enteras del guion o que cortara sin misericordia escenas enteras y personajes secundarios inocuos. Aún así, es una historia que por momentos puede conmover y que ofrece algunos deleites visuales por los paisajes de Massachusetts.


Fernando Arenas.
PhD. y M.A. Teatro y Cine,  Universidad de Kansas; Comunicador Social, U.P.B., Medellín. Profesor, Facultad de Comunicación, UDEM. Colaborador, Revista Kinetoscopio y Conferencista de Cine en Medellín.