Especial Andrea Arnold

 

 

 

Las hermosas criaturas de Andrea Arnold

 

Por Yasmín López

Medellín, Colombia

 

Andrea Arnold atrajo el interés del público internacional cuando su película Wasp (2003) ganó el Oscar a mejor cortometraje. Wasp narra las penurias de una joven madre soltera que se debate entre usar el poco dinero que tiene para escapar un rato de su opresiva realidad con su amor de adolescente o comprar algo de comida para sus cuatro hijos. Era el tercer cortometraje de la directora británica. Antes, había hecho Milk (1998), un relato, más bien esquemático, sobre una mujer que pierde a su hijo nonato y su nada esquemática manera de lidiar con el dolor, y Dog (2001), una exploración fascinante sobre el efecto que la agresión gratuita, ubicua, tiene en una adolescente de un barrio marginado.

De la mano de Lars Von Trier y su proyecto Advance Party, una suerte de actualización del Dogma 95, Arnold hizo la transición al largometraje con Red Road (2006), la historia de Jackie (Kate Dickie), empleada del sistema público de videovigilancia que emprende una cruzada vengadora contra el hombre que destruyó su familia. Luego vino Fish Tank (2009), quizás la película más poderosa de su filmografía, un relato crudo sobre la vida de Mia (Katie Jarvis), la furiosa adolescente que vive con su madre y su hermana menor en uno de los complejos residenciales estatales de Essex. Dos años después, Arnold subió las apuestas con el estreno de su tercer largo, una muy personal adaptación de la novela de Emily Brontë, Cumbres Borrascosas (Wuthering Heights, 2011), donde Arnold, alejada de los espacios en los que más cómodo se siente su cine, hace un minucioso estudio corporal de los personajes y entrega una adaptación casi muda, muy al estilo de Malick, de la novela de Brontë, intentando intenta resolver lo fundamental de la trama confiando en lo que los personajes pueden expresar sin hablar. Su última película, estrenada el año pasado, es American Honey (2016), una road movie sobre una caravana de adolescentes que viajan por todo Estados Unidos, desde Kansas hasta Dakota del Norte, vendiendo suscripciones a revistas que ya nadie quiere comprar. Tres cortos y cuatro largometrajes le han bastado a Arnold para forjarse una reputación como una de las directoras-escritoras de cine más destacadas de la escena cinematográfica contemporánea.

Una de las marcas del cine de Andrea Arnold es la conexión fundamental que subraya entre humanidad y naturaleza. Sus personajes son salvajes y no solo por su carácter irrefrenable. A veces, azuzados por las circunstancias, asumen abiertamente comportamientos animales. La joven protagonista de Dog, que regresa a casa luego de presenciar horrorizada cómo su novio mata a patadas a un perro callejero, le ladra a su madre cuando recibe de esta una paliza. La Cathy niña de Cumbres Borrascosas lame sus propias heridas y las de su amado Heathcliff, en un acto primordial de alivio y compasión. Si bien la naturaleza, que se encuentra en profusión en todas las películas de Arnold, subraya la existencia de estos recodos indomables en el alma de sus personajes, el salvajismo que subyace a la experiencia humana, también es en ella donde esos personajes, desechados por una sociedad negligente, encuentran un espacio para la libertad y la catarsis. Una fuente de poesía visual, efectivamente explotada por la cámara de Arnold a través de esos hipnotizantes primerísimos planos.

¿Cómo han llegado estos personajes a ser como son? La respuesta que el cine de Arnold da a esta pregunta marca una distancia con la tradición que le precede. Muchos de sus personajes viven en complejos urbanos, rodeados de chimeneas industriales, donde han crecido a la par de su frustración, soñando con las comodidades que promete la pantalla del televisor en el mundo de las celebridades locales. “Quiero ser Barbie, la perra lo tiene todo” se lee en una pegatina en las paredes de la casa de Zöe, la madre soltera de Wasp. Es obvio que sus personajes son producto de la hostilidad de sus circunstancias sociales y así su cine bebe, sin sumergirse por completo, de la tradición del realismo británico social.

Sin embargo, en él no retumba la denuncia social, por lo menos no a la manera casi panfletaria de películas como Ladybird, Ldybird de Loach, donde el empobrecido David individual es oprimido por el Goliat estatal. Los relatos de Arnold sí que hacen uso de la estética del realismo social, de su interés por entornos sociales marginales, de su fascinación por los actores naturales, pero se concentran en la experiencia íntima de sus personajes, en sus placeres, en sus dolores. Sus ojos, su piel, su carne son el filtro narrativo de Arnold. A la directora no le interesa, por ejemplo, ahondar en las causas finales por las cuales Star, la adolescente que protagoniza American Honey, emerge en los primeros minutos de la película de un contenedor de basura de un parqueadero de Kmart, rescatando para la cena familiar un pollo crudo, aún en su empaque. Ella prefiere seguirla de cerca, como hace con todos sus personajes, a una distancia hipodérmica, en el viaje que emprende al lado de una cuadrilla juvenil de vendedores, bellos e inocentes a pesar de ser unos expulsados del sueño americano.

El ojo obsesivo de Arnold se acerca de tal manera a los personajes, los observa con tal detalle, que crea la ilusión de que no hay una distancia mediada por la cámara entre ellos y nosotros. Sus manos, el ritmo de su cuerpo al fornicar o el brillo del desprecio en sus ojos, cualquier gesto es magnificado por la mirada incisiva de una cámara que produce una intensa relación de cercanía en el espectador. Nos sentimos tan próximos a estos personajes que conocemos, como se conoce aquello que se siente en el cuerpo, sus motivos. No hace falta decir nada para entender lo que en un universo racional sería incomprensible: que la protagonista de Red Road, Jackie, se rinda a la arrasadora atracción sexual que ha desarrollado por el asesino (accidental) de su esposo y su hija.

En medio de la fiereza de estos individuos, la directora deja relucir destellos de compasión que redimen su humanidad, enrarecida por las circunstancias que han tenido que afrontar. Ahí está Mia (Fish Tank), la muchacha que de haber nacido animal elegiría ser un tigre blanco, implacable en sus palabras y sus actos, capaz de exponerse a una golpiza por intentar liberar a una yegua que permanece encadenada a una roca día y noche. O Jackie (Red Road), la mujer que acecha con paciencia felina al hombre que destruyó su vida, hasta cazarlo, pero que revierte su venganza cuando ve que el peso de su acción caerá también sobre la hija de su verdugo. Estos atisbos de humanidad rescatada dan al mundo de Arnold un poco de esperanza, tan sutil que es fácil pasarla por alto. Sí, sus películas son intensas, su mundo áspero. Y aun así Arnold siempre encuentra la manera de iluminar sus historias, el horizonte de sus personajes, con otra oportunidad.

 


Yasmín López A.

Psicóloga y traductora. Especialista en traducción de ciencias literarias y social humanísticas. Artículos suyos han aparecido en las revistas Agenda y Revista de la facultad de Artes de la U de A, Revista de la Universidad de Antioquia y el Eafitiense.

 

Especial Andrea Arnold

Reseñas Kinetoscopio:

Red Road (2006)

Fish Tank (2009)

Cumbres Borrascosas (2011)

American Honey (2016)

 

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