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Un cuento de Tokio

Like Someone in Love, de Abbas Kiarostami

 

Un cuento de Tokio

Por Manuel Yáñez M.

Barcelona - España

Los primeros indicios de la fascinación del iraní Abbas Kiarostami por la cultura japonesa los encontramos en una película que dirigió en el año 2003 titulada Five Dedicated to Ozu. Enmarcado en la celebración del centenario del nacimiento del gran cineasta japonés Yasujir? Ozu, aquel filme compuesto por cinco largos planos filmados en la playa supuso la culminación del tránsito de Kiarostami hacia un cine de la abstracción y la contemplación, secretamente tensionado por minúsculos y deliciosos relatos –protagonizados por un grupo de patos o un pequeño tronco empujado por las olas del mar–. Un ejercicio de despojamiento formal con el que el director de El sabor de las cerezas (Ta'm e guilass, 1997) supo evocar la poética de Ozu: las olas del mar que bañaban el estoico final de Primavera tardía (Banshun, 1949), los planos fijos, el obstinado estudio del transcurso del tiempo…

Después de aquella película “elemental” de alma japonesa, muchos se preguntaron hacia dónde viraría el cine de Kiarostami. Pues bien, en un primer momento, el director iraní se mantuvo en su registro más radical de la mano de Shirin (2008), una película ocupada completamente por rostros de mujeres que observaban una representación teatral. Sin embargo, tras aquel periplo experimental, Kiarostami decidió regresar al universo fílmico que le había convertido en uno de los cineastas más relevantes de finales del siglo XX: un mundo de relatos especulares, tan transparentes como laberínticos, tan translúcidos como cargados de misterios, tan realistas y al mismo tiempo tan artificiosos.

Y, en mi opinión, este retorno de Kiarostami al cine narrativo se completa con Like Someone in Love (2012), su primera película ambientada en Japón –las playas de Five Dedicated to Ozu evocaban al cineasta japonés, pero no se situaban geográficamente en territorio nipón–. Aunque cabe decir que el grueso de la crítica internacional no acabó de recibir con demasiado agrado el nuevo filme de Kiarostami. A su paso por el Festival de Cannes de 2012, Like Someone in Love fue abucheada por un sector de la crítica que no terminó de conectar con la lúdica y a ratos un tanto críptica aproximación del iraní a la cultura japonesa. En realidad, el desconcierto de los críticos podría explicarse por la negativa de Kiarostami a trabajar dentro de los márgenes de un “gran cine” afectado y pomposo, y, por el contrario, su preferencia por una ligereza juguetona.

Pese a estar protagonizada enteramente por actores japoneses, Like Someone in Love manifiesta su carácter universal al presentarse como una suerte de variación en torno a los temas centrales de la anterior película de Kiarostami, Copia certificada (Copie Conforme, 2010). Temas como el juego continuo con la figura del doble, la exploración de la difusa frontera entre realidad y representación –seguramente el tema central de toda la obra de Kiarostami desde su magistral Close-Up (1990)– y la reivindicación del valor artístico de la copia. Curiosamente, Copia certificada fue ensalzada por el grueso de la crítica, aunque a mí me parece uno de los trabajos más académicos de su autor, un filme demasiado calculado y construido para el lucimiento de su espléndida protagonista, Juliette Binoche. Por su parte, en la superior Like Someone in Love las ideas fluyen de forma más grácil, orgánica y sutil de la mano de una narración absolutamente imprevisible.

El misterio y la sorpresa aguardan en cada nueva secuencia. Por ejemplo, después de abrirse con una conversación en un bar nocturno de Tokio, Like Someone in Love formula una audaz, reverencial y original relectura de Cuentos de Tokio (Tôkyô monogatari, 1953), la obra más canónica de Yasujir? Ozu. En una secuencia de poco más de un cuarto de hora ambientada en el interior de un taxi, una joven prostituta –una Geisha moderna– escucha una serie de mensajes telefónicos en los que su abuela la invita repetidamente a reunirse con ella durante un fugaz viaje a Tokio. La joven escucha los mensajes, pero no atiende a las demandas de su abuela. La brecha generacional que ponía en escena Ozu a través del desencuentro entre una pareja de ancianos de visita en Tokio y sus despreocupados hijos es evocada por Kiarostami a través de un elegante fuera de campo: sólo llegamos a ver a la abuela de la protagonista a lo lejos, desde el interior del coche, el escenario preferido de las ficciones del iraní. Así, mediante una solvente maniobra de repetición con variaciones, Kiarostami consigue hacer resonar el recuerdo del filme de Ozu entre los centelleantes reflejos luminosos del Japón actual: luces de neón proyectadas de forma oblicua sobre la ventana de un taxi –uno de los principales estilemas visuales del cine de Kiarostami–.

A partir de ese momento la película discurre de forma sincopada, ensayando diferentes tempos y escalas melódicas a partir de la naturaleza dispar de los miembros del peculiar triángulo amoroso que vertebra la acción. En un extremo, tenemos a una joven estudiante que financia sus estudios trabajando como prostituta (Rin Takanashi), una chica que vaga casi sonámbula por una realidad de la que parece desconectada: un personaje que no hubiese desentonado en películas como Millenium Mambo (2001), de Hou Hsiao-hsien, o en cualquiera de los primeros filmes del chino Jia Zhang-ke. En el otro extremo, encontramos a un viejo profesor, escritor y traductor (Tadashi Okuno) que contrata los servicios de la joven y que queda misteriosamente prendado de la ingenuidad de la “bella durmiente”. Y por último, cerrando el triángulo escaleno del relato, hallamos al joven amante de la chica (Ryo Kase), que en realidad desconoce el modo en que su novia se gana la vida. Así, los tres se prestarán a un juego de secretos, confusiones, identidades ficticias y confesiones furtivas: un pequeño enredo sentimental que se dirimirá en el interior de un automóvil y en la intimidad del discreto y elegante apartamento del viejo, en cuyo interior reposa una reproducción del cuadro Training a Parrot (Entrenando al loro), dibujado por el pintor Chiyoji Yazaki en 1900 –supuestamente, el primer cuadro moderno genuinamente japonés en tema y forma–.

Con Like Someone in Love, Kiarostami se consagra (todavía más, si cabe) como un cineasta cuya sabiduría cinematográfica lo inmuniza contra todo tipo de florituras o subrayados. Como en las últimas obras del francés Alain Resnais, aquí el director iraní apuesta por un cine enigmático, esquivo y dotado de una contagiosa ingravidez, un cine que limpia la mirada, aviva el intelecto y se propone agudizar nuestra sensibilidad ante la belleza.

 

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