No, de Pablo Larraín

27 días después
Nominada al premio Oscar en la categoría a mejor película en lengua extranjera, ganadora del premio de la International Confederation of Art Cinemas en Cannes y participante en la sección “Gemas” del 53º FICCI, No está hablando a gritos del talento enorme de Pablo Larraín.
Por Andrés Rodelo
Manizales, Colombia
En principio, cualquiera que conozca las definiciones de marxismo y capitalismo estaría listo para un sencillo experimento: si tuviera que colocar a ambos términos en un ring de boxeo lo más lógico sería situar a uno en una esquina y al otro en la otra. Lo cierto es que, entrados en este ejercicio imaginario, uno también podría esperar una pelea a muerte hasta el último asalto. Es como si la diferencia entre los dos bandos se entendiera gracias a la distancia que separa a sinónimo de antónimo. Reflexionar sobre el uno y el otro es apelar a blanco y negro, o al hecho de que estas definiciones se contemplen como lo que rechazan y no desean convertirse.
Pese a que parece difícil imaginar un matiz que revele alianzas entre marxismo y capitalismo, el cine y el arte han difuminado la presunta línea que los distancia. The Manchurian Candidate (1962), de John Frankenheimer, narraba la historia de un grupo de soldados estadounidenses sometidos a un proceso de hipnosis durante la Guerra de Corea, como parte de un complot organizado por comunistas coreanos y políticos yanquis de ideología ultraconservadora —suena increíble—, quienes los utilizaban como instrumento para perpetrar el asesinato del presidente de Estados Unidos y así permitir que derecha e izquierda subieran al poder cogidos de la mano, gracias a un representante que velaría por los intereses de ambas partes.
Esta vendría siendo también la esencia de No (2012), la más reciente película de Pablo Larraín, que habla sobre la tras-escena de lo ocurrido en el marco del plebiscito convocado en Chile, en 1988, que buscaba determinar si la nación estaría dispuesta a continuar con la dictadura de Augusto Pinochet por ocho años más o si se inclinaría por una transición a la democracia, como ocurrió finalmente. Las opciones Sí y No tendrían cada una quince minutos diarios de espacio televisivo para convencer al espectador de votarles, en una campaña mediática que se extendería por 27 días.
El publicista René Saavedra (Gael García Bernal) es contratado por la oposición socialdemócrata para diseñar el proyecto del No y, tras calificar de poco llamativa una propuesta inicial hecha por el equipo creativo que coordinará, decide utilizar las estrategias más efectivas y efectistas en aras de sacar adelante una iniciativa que contempla: chistes ingeniosos, números de baile, todo un abanico de colores vivos, presentadores y actores en permanente estado de felicidad, una pegajosa canción o jingle, mimos, un eslogan que declara: “Chile, la alegría ya viene” y demás elementos que configuran un sentido del espectáculo como la mejor forma de vender una idea.
Posteriormente, al momento de revelar las piezas publicitarias a quienes las encargaron, ninguno puede creer que el mensaje que darán represente, a su vez, lo que más repudian, políticamente hablando. “Eso parece un comercial de Coca Cola”, dice uno de ellos, siendo esta bebida el ícono que simboliza al capitalismo que atacan y que promovía la dictadura de entonces. Sin embargo, finalmente la mayoría termina convencida de que ese modelo —que recuerda el estilo de vida que presumía la publicidad gringa de los años 80— es la mejor forma de conectar con el público.
En ese momento, el filme adquiere una complejidad ligada al hecho de cómo los principios ideológicos son desechados cuando el fin (hacerse con el poder) justifica los medios. Recordemos a Daniel Day-Lewis en Petróleo Sangriento (There Will Be Blood, 2007), de Paul Thomas Anderson, un magnate del llamado oro negro que se convierte en cristiano protestante solo con el objetivo de tener acceso a un terreno que buscaba perforar en los Estados Unidos de principios del siglo XX. En esa medida, Larraín advierte la serie de contradicciones y de conveniencias en las que incurren las posiciones políticas, supuestamente desligadas de cualquier objeto que represente los planteamientos de sus detractores, pero a la vez dispuestas a sacarles el mayor provecho.
Pero No, no es solo un vistazo a la transición democrática de Chile, sino también una reflexión sobre el paso del lenguaje informativo al lenguaje de las emociones en la publicidad. Si bien antes un comercial de automóviles hablaba sobre aspectos concretos de la carrocería, los caballos de fuerza y la gasolina que consume, hoy un coro simula de manera sorprendente los sonidos de un carro en su desplazamiento (como lo hace una publicidad de Honda) con el objetivo de generar compras a partir del asombro y menos desde los puntos relevantes de lo ofertado. Esto también va en la línea de la capa de barniz que cubre el discurso de la campaña del No, en la que el espectáculo al servicio del mensaje es el mejor camino para seducir a los votantes.
La película es la tercera de una trilogía en la que el director ha puesto su mirada sobre los efectos de la dictadura en su país de origen. Aunque No es la única que centra su argumento en un acontecimiento tan trascendental al poner énfasis en un hecho que dividió la historia de la nación en dos. Sus enfoques anteriores, Tony Manero (2008) y Post Mortem (2010), eran relatos más íntimos de personajes grises en los que la presencia de la dictadura era sugerida y yacía en la periferia. Películas que no tienen la marcada silueta que propone el epílogo de esta serie.