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Lincoln

Lincoln, de Steven Spielberg

La política de la humanidad

 

Por Diana María Agudelo

Medellín, Colombia

Es una especie de paradoja que las películas norteamericanas no hayan logrado representar a su propia democracia con mayor veracidad. Enfrascados en enaltecer su visión del mundo, el idealismo es la nota predominante de las películas políticas. Los presidentes ficticios generalmente tienen la pinta y la actitud de los héroes de acción: hombres todopoderosos y estoicos, un poco más efectivos que sus contrapartes reales.

El proceso legislativo norteamericano, la piedra angular de su democracia, ha sido mostrado en el mejor de los casos como una herramienta justa y desprovista de la “cosa política” desde que Capra llevó al Señor Smith a Washington (Mr. Smith Goes to Washington, 1939) o con cierto desdén y cinismo por los cineastas más radicales. Hollywood después de todo sueña con los finales felices y, sobre todo, con los retornos de inversión en taquilla. Así que no es lo ideal exhibir al gobierno con sus problemas permanentes, sus renuentes momentos de paz y su constante división.Y sin embargo, la política norteamericana ofrece a los narradores interesados un tema inagotable y listo para su disección.

Cuando un director de cine decide enfocar su cámara en la realidad de lo que representa ser “el hombre más poderoso del mundo libre”, revela también mucho de su propio pensamiento: Oliver Stone descargó toda su paranoia en Nixon (1995) y JFK (1991); y su más ácida mirada, sobre la vida de George W. Bush en W (2008).

Como Stone, Spielberg nos desvela su propio carácter –humanista– al centrar su mirada en una figura mítica e intocable como Abraham Lincoln. Apoyado en el guion de Tony Kushner –quien adaptó la historia del libro Team of Rivals: The Political Genius of Abraham Lincoln de Doris Kearns Goodwin–, se propuso llevar a la pantalla, de ese libreto de 550 páginas, 470 de ellas. Esta es una de las decisiones más inspiradas de su carrera, ya que transformó lo que pudo haber sido un biopic comedido, en la reflexión puntual de Lincoln en un momento trascendental de su carrera política y el final de su vida.

Así que Spielberg, luego de 12 años de concienzudo estudio y de revisiones y adaptaciones al guion, logró evitar la trampa de mostrarnos a Lincoln desde su pobre infancia en Kentucky, su vida como abogado de pueblo o su ascenso en la política. Ni siquiera se molesta en filmar su famoso Discurso de Gettysburg.

La historia transcurre durante el primer mes del año 1865, cuando la Guerra de Secesión evidencia signos de agotamiento y el Presidente se propone pasar la enmienda constitucional que aboliría la esclavitud en los Estados Unidos. Lo que pudo haber sido un filme anclado por la formalidad de los tejemanejes políticos, empeñado en exponer el tedioso proceso de cabildeo por el cual las voluntades políticas se doblegan, en manos de Spielberg se convierte en un thriller urdido en palabras y, a su mejor estilo, en una aventura histórica.

Acostumbrados como estamos a ver a Lincoln envuelto en el hálito de la bondad y la verdad, descubrimos que a pesar de su maravillosa humildad e inteligencia era un político avezado en los tratos sucios... y el director nos lo revela sin ningún alboroto. Es tan sólo otro día en la vida del Presidente.

Esos días están rodeados de consejeros, políticos y personas normales, todos representados por actores secundarios de alta estima y de trayectorias largas y respetables. Ningún rol es muy pequeño, ni ninguna participación en la vida del presidente es insignificante, todos ellos ataviados en las barbas y ropajes de la época. Pero la verdad, ninguna barba es tan imponente y difícil de encarnar como la del personaje principal. Sin embargo Daniel Day-Lewis es un actor sobre el que puede recaer el peso de cualquier personaje, sin importar lo icónico, reconocido y bienamado que sea. Representar este tipo de personajes se ha convertido quizás en el verdadero trabajo del actor: es increíble que este inglés haya hecho su carrera dando vida a variopintos americanos de otras épocas. Hawkeye en El último de los Mohicanos (The Last of the Mohicans, 1992), Bill el carnicero en Pandillas de Nueva York (Gangs of New York, 2002) y Daniel Plainview en Petróleo Sangriento (There Will Be Blood, 2007).

Tan importante como la actuación de Day-Lewis es la de Tommy Lee Jones. El personaje tiene su propia entrada magistral en una escena fundamental, en la que el suspenso por conocerlo es casi igualado por la sorpresa de verlo caracterizado como Thaddeus Stevens. Y Sally Field en el papel de Mary Todd Lincoln es simplemente maravillosa. Ella se ha encargado de contar en entrevistas que tuvo que rogar para conseguir el papel, siendo diez años mayor que el protagonista y veinte más que la Mary real, pero su representación de la inestable pero muy aguerrida esposa del líder merece toda la atención que ha recibido.

Con todos estos elementos exitosamente ensamblados, no queda sino incluir a Lincoln en el panteón de películas históricas. Ahora se sitúa –desde mi perspectiva– al lado de El nacimiento de una nación (The Birth of a Nation, 1915) y Lo que el viento se llevó (Gone with the Wind, 1939) para formar el rompecabezas y actualizar el canon cinematográfico sobre la única guerra que ha enfrentado a los norteamericanos.

Pese a toda la distinción, veracidad e imponencia que entraña una producción de Spielberg, es la moraleja, la pregunta que responde Lincoln la que se destaca de entre toda la parafernalia: ¿Se debe luchar por abolir la esclavitud, de una vez por todas, incluso si eso significa prolongar la guerra? El peso y la escala de este dilema es la lección central de Lincoln. El filme pone a la esclavitud en el centro de la historia, contraponiéndose de forma enfática a la tendencia revisionista de buscar otras causas como los derechos estatales, la cultura sureña o el capitalismo industrial como motivos de la Guerra Civil norteamericana.

Pero la genialidad del filme radica en su capacidad para demostrar que la política puede ser noble y a la vez mundana y peligrosa. Que la capacidad de argumentar es la principal marca de la libertad pero que muchas veces, para lograr un bien común, es necesario recurrir a estrategias amorales y que al líder no le tiemble el pulso para lograr su cometido.

Kushner y Spielberg, con su genial combinación de palabras e imágenes, llenan cada escena de sentido y sensaciones, que es de donde emergen las mejores obras de arte. Cuando las imágenes hablan por sí mismas, y los debates nos ayudan a descifrar las contradicciones de la mente humana conseguimos comprender el mundo, la política y las personas como ninguna lección de historia lo ha podido enseñar.