La Nueva Era
Llegará un día –no muy lejano- en que un cinéfilo joven me diga emocionado que acaba de ver Lawrence de Arabia y que la disfrutó mucho. Y cuando yo le pregunte donde la vio, me dirá sencillamente que la miró en su iPhone mientras iba en una buseta rumbo a la universidad. Obviamente requirió varios viajes para completarla, pero eso no pareció importarle. Entenderé entonces que vivimos en una nueva era de consumo de cine, y que puesto que las películas no requieren ni de un soporte de celuloide ni de una pantalla grande para ser vistas, se puede acceder a ellas desde la casa, en la oficina, en el computador, en el teléfono, en el iPad. La calidad ya alcanza a ser de alta definición en muchos de estos medios. Las películas –en DVD o Blu-ray– se pueden comprar en cualquier parte del mundo por sistemas electrónicos, rentar, descargar de Internet (legal o ilegalmente) o disfrutarlas vía streaming. Prácticamente el catálogo de filmes disponible es ilimitado, cuando hace unos años era una utopía semejante oferta, por momentos inaudita. Por cierto, ¿alguien recuerda qué fue de los derechos de autor?
Los medios son diversos y los espectadores también. Ahora las nuevas generaciones no requieren de la sala de cine tradicional, toda penumbra y silencio. Se han acostumbrado a ver las películas a plena luz del día, en un televisor de alta definición o en una pantalla de computador a 30 cms o menos de su rostro, con imágenes pausadas (si encuentran la película en Youtube la verán en segmentos de 10 minutos) o alternadas –pueden estar viendo dos o tres películas a la vez–. Se les encuentra viendo cine de pie, sentados, acostados, esperando un turno, haciendo fila, viajando. Su capacidad de consumo es enorme, tanta como su falta de concentración.
Por esa voracidad las películas deben atraerlos con intensidad. La tercera dimensión ha resurgido de entre los muertos y se ha afianzado y apuntalado, pese a sus mayores costos, por el cine digital. La gente quiere divertirse y pagará por ello un poco más (por ahora). Los efectos especiales generados por computador superan todo avance técnico que hubiéramos imaginado y nos hacen desconfiar de cualquier cosa que vemos. Lo sentimos: el cine ya no es reflejo de la realidad, ahora se encarga de crearla o manipularla a su antojo para nuestro disfrute. O para nuestra desgracia, si pensamos en los potenciales riesgos que tal poder implica.
Por todo esto hemos dedicado una serie de artículos de este número de Kinetoscopio a reflexionar sobre este tema, sobre esta nueva era cuyo amanecer vivimos: los cambios tecnológicos constituyen toda una revolución del cine, de su consumo y de los espectadores mismos. ¿Hacia donde nos dirigimos? ¿Cómo veremos cine en el siglo XXI? ¿Serán los teatros otra reliquia de museo? ¿Nos acostumbraremos alguna vez a ver al Doctor Zhivago en un teléfono de 11 cms?






